Felix Neck ¿Santuario?




Felix Neck es un lugar para todo aquel que quiera disfrutar de la naturaleza mientras hace una caminata. No es por exagerar, pero sin guía, uno bien podría perderse entre sus senderos. Abierto de lunes a viernes de 9 am hasta las 4 pm, este viaje me demostró que el final de un proyecto puede representar el inicio de otro.


La galería de imágenes que estarán a punto de ver representa mi camino, por no decir mi peregrinaje, hacia un entendimiento mayor de lo que sería mi propósito en la vida. Felix Neck, un santuario para la vida silvestre ubicado en Edgartown, Martha’s Vineyar, tan solo fue el comienzo. 


Si he de reconocer algo durante este primer viaje, es que no estaba preparada para lo que encontraría una vez allí. Con ya 50 años de constitución y una vida productiva llena de actividades para acampar, reunirte con amigos o bien para practicar ciclismo de montaña, lo que yo presencie dentro de sus canales de tierra fue un fenómeno que solo ocurre fuera del verano y durante la mayoría del año: soledad.


El inicio fue, como la mayoría de las veces en mi caso, por medio de un paseo no planificado. Ahí me encontraba yo un día antes, caminando por la larga carretera que conecta los pueblos de Edgartown y Vineyard Haven, tan solo para tener la satisfacción de decirme a mí misma “He caminado de un pueblo a otro en una isla”. Cabe descartar que nunca pude llegar a dicho pueblo ya que otra idea me surgió una vez contemplé la desolada entrada a lo que decía ser un bosque.


Con su cartel azul y una señalización a lo desconocido decidí preguntarle a mi prima sobre aquel inhóspito, hasta entonces, lugar. Gracias a ella, quien reside desde hace algunos años en la isla, pude entender que se trataba de un refugio natural que, como todo en este país, es cuidado y preservado para armonizar el ambiente de las personas y animales del bosque. 


Quien me conozca pude decir que la exploración es uno de los aspectos de mi vida que procuro siempre cultivar. Es por ello por lo que, cegada por mi curiosidad y mis ganas de indagar, que creía extintas luego de una desafortunada pandemia, logre ir con mi prima a caminar una tarde. La entrada, por ser aun comienzos de primavera, fue más tranquila de lo que imagine, destacando la única aparición durante todo el trayecto de un ciclista.


Usualmente su entrada ronda los $4 para adultos y $3 paraniños y ancianos. Mi prima por pertenecer a una agencia del gobierno no pagó y por consiguiente yo tampoco (Estos valores, si están planeado un viaje a esta isla, los encontré gracias a la página web de la propia reserva) A pesar de que explica y esclarece el valor, mi prima me comento que ella nunca ha precisado de portar ningún carné ya sea verano o invierno, lo que me hace cuestionar la fiabilidad de los precios y su activación según temporadas.






Como podrán ver en el mapa de la zona, los caminos de la reserva están mucho más lejos de la entradita que yo pude ver desde la carretera, por lo que, mi prima con su carro tuvo que conducir hasta la entrada. No mentiré cunando les digo que al salir del carro creí por un momento que había escapado de la realidad. 




La ceguera de mi mente, provocada principalmente por el descampado y el silencio de ruido generado por locomotoras y frenos, fue interrumpida cuando mi prima me señalo los tres caminos por los que en ese momento podríamos recorrer. Mire y mire por un tiempo el mapa sin saber cómo esos caminos podrían ser vistos en la inmensidad del bosque que yo presenciaba por lo que simplemente opte por el que mi prima estuvo más acostumbrada a recorrer, el azul. Antes de emprender la caminata, no pude dejar de maravillarme con el descampado y el fresco olor a madera que envolvía la foto. 


Fuera ya de la casa central y viendo que no había risas ni pisadas de niños por los alrededores, pero sintiéndolos como un eco tras de mí, marche hacía adelante. 



Mientras recorría con mis pasos el camino de tierra no vi el problema de escuchar una suave música de mi teléfono para acompañar la experiencia y por medio de la conversación incesante de mi prima, quien narraba sus largos días de trabajo de en algún momento vislumbramos un puente pequeño que gracias a las fuertes lluvias y a la nevada del día anterior se descubría inundado.





Finalmente, luego de atravesar el camino de arboles aun marchitos, encontramos la salida al estanque Sengekontacket 

 




A lo lejos de esa pequeña playa, que mi prima tuvo el agrado de compartir conmigo, vi que se podía llegar a Oak Bluffs, el tercer pueblo de la isla. Ilusa de mi creí que en algún momento la playa llegaría a topara con el sendero de la carretera de Edgartown a Oak Bluffs, sin embargo, Lorena me ayudo a comprender que sería prácticamente imposible sin valsa. Una lástima.

                    

Lorena, quien fue mi guía y por quien decidí venir a esta pequeña isla de Massachussets me contó que durante el verano son pocas las familias que se acuerdan de esta playa y usualmente es ella con sus pequeños alumnos los que vienen en viajes de exploración de piedras a darle vida al ambiente.




Yo colmada de una felicidad provocada por el lugar y la compañía tan solo pude adjudicarle la razón entera a mi prima y media hora después regresamos al carro por el sendero rojo, pues en mi afán de encontrar una conexión entre el bosque y Oak Bluff, caminé hacia la salida del camino rojo, encontrando a su paso un montón de puedas de colores y recreando en mi mente pequeñas manos cogiendo las peculiares conchas rotas del suelo. 

Paletarusa

Hola soy Emilia Granda, licenciada en Comunicación Social con mención Audiovisual y Multimedial y soy la creadora de Paletarusa. Este blog está destinado a desarrollar la mente de jóvenes que buscan dar el primer salto a la vida adulta. Todos los pros y los contras de este sector así como también mi opinión personal sobre temas variados.

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